Mañana de agosto

La luz del sol parecía distinta aquella mañana de agosto, como más tenue, más sombría, tan frágil como lo que yo sentía.
Pedacitos de mi «yo» más auténtico que se iban volando. Sintiendo que aún queriéndome…no me querías.
Sintiendo que tu mano, a la que con tanta fuerza me había agarrado tiempo atrás, resbalaba ahora entre unos dedos que ya no encontraban la fuerza para seguir aferrándose.
Dentro de mí, se desgarraba lo que, con tanta ilusión, habíamos conseguido.
Creí nadar entre nubes. Creí haberte encontrado al fin.
Nunca fuiste tú.
Creo que una parte de mí se quedó contigo.
Creo que muchos pedazos se quedaron por el camino. Y ahora estoy vacía por dentro.
Ya no queda nada más que dar.
Un bloque de hielo que, poco a poco, se irá derritiendo.
Te llevaste la sonrisa que me habías devuelto.
Te llevaste esa parte que aún era capaz de amar.
Quizá siempre supe que no estabas aquí conmigo, aunque pensase que eso cambiaría. Quise creerlo porque te quería. Ahora ya no hay venda en los ojos y soy capaz de verlo todo.
Torpemente intenté colocar esa venda una y otra vez, cada día se descolocaba más rápido. Y dejé de luchar. En mi interior crecía la angustia. Ya no pude pararla.